Yo vendía donas. Cien dólares al mes.
Y mientras las vendía, pensaba en los mercados. Desde chico me obsesionaban las finanzas, la economía, entender por qué la plata se mueve como se mueve. Leía, miraba, anotaba. Mientras todos veían un pibe vendiendo donas, yo estaba estudiando otra cosa.
Hasta que un día hice lo que nadie en mi entorno entendió: renuncié a todo y me tiré de cabeza al trading y a los negocios digitales. Sin plan B. Sin red. Con más miedo que certezas —pero con una convicción que pesaba más que el miedo.
Y funcionó. Rápido. Demasiado rápido.
Porque nadie te cuenta la segunda parte: todo lo que sube, baja. Y si no estás preparado para esa bajada, la caída no es un tropiezo —es un derrumbe. El mío no lo causó el mercado. Lo causé yo: operaba por impulso, improvisaba cada decisión, no tenía estructura ni disciplina. Cada día era una apuesta nueva. Hasta que un día no quedó nada que apostar.
Lo más duro no fue perder. Fue darme cuenta de que, con mi forma de operar, era inevitable. La caída no fue mala suerte: estaba escrita en mi falta de proceso desde el primer día. Solo era cuestión de tiempo.
¿Te suena? Porque eso mismo es lo que veo todos los días en traders que llegan a nosotros: no les falta inteligencia ni ganas. Les falta lo mismo que me faltó a mí. Y nadie se lo dice.
De ese pozo salí con una obsesión: nunca más depender de mi estado de ánimo para tomar una decisión de mercado. Procesos. Sistemas. Cero improvisación. Ahí conocí el trading algorítmico, y fue una apertura de cabeza brutal. Por primera vez, los resultados no dependían de mi ansiedad, sino de un proceso que podía medir, validar y repetir. Por primera vez, podía equivocarme sin derrumbarme —porque el sistema aguantaba lo que yo antes no.
Hoy manejo varias asignaciones de capital y fondos privados, y sigo en esta carrera que me sorprende cada día con desafíos nuevos. Pero lo que de verdad me mueve es otra cosa: que nadie tenga que derrumbarse primero para aprender lo que yo aprendí de la peor forma.